Por: Maria Alejandra Lozano | Bogotá D.C., 07 de Marzo, 2019.

La mutilación genital es una práctica que ha sido desarrollada durante años en diferentes países alrededor del mundo, justificada como una “tradición de iniciación” que vulnera los derechos sexuales y reproductivos de millones de niñas, jóvenes y mujeres dejando consigo consecuencias físicas, recuerdos nefastos y cadenas de dolor que se extienden de manera transgeneracional. Si bien con la mutilación genital (la mayor parte de los casos ablación del clítoris) hay una violación de derechos, esta se evidencia en el plano de lo público desde las costumbres y particularidades culturales de algunos territorios (pues se identifican países y comunidades en concreto que aún lo practican), dejando de lado que este fenómeno va más allá al evidenciarse en el marco de la trata de mujeres con fines de explotación sexual.

Lo anterior, devela que la MGF (mutilación genital femenina) trasciende de la discusión como práctica de una comunidad específica, es el repensar el sistema capitalista en el que nos encontramos inmersos, así como la construcción actual de sujetos donde el género alude a la producción y reproducción de opresiones, discriminaciones y abusos que pasan por el cuerpo femenino.

La MGF se refiere -según la Organización Mundial de la Salud- a todos los procedimientos que de forma intencional y por motivos no médicos, alteran o lesionan los órganos genitales femeninos. Algunos tipos de mutilación son: 1. Clitoridectomía que consiste en la resección parcial o total del clítoris; 2. Excisión que se refiere a la resección parcial o total del clítoris y los labios menores; 3. Infibulación que trata del estrechamiento de la apertura vaginal que se sella cortando y recolocando los labios menores o mayores, muchas veces cociéndolos; y 4. Todos los procedimientos lesivos con fines no médicos como incisiones, raspados, etc.

En este último punto se puede añadir el planchado de pechos, una práctica que se ha venido desarrollando y expandiendo en los últimos años en Reino Unido, consiste en planchar el pecho de las niñas y adolescentes con una piedra caliente apenas se presencian los signos de pubertad, ello -según la comunidad- a fin de proteger a las niñas de atraer la atención de los hombres y evitar casos de acoso y violación. Estas costumbres se llevan aún a cabo en países como Somalia, Guinea o Egipto, también en Indonesia, Irak, India, Malasia e incluso en algunos lugares de Europa.

Las prácticas de MGF traen consigo consecuencias nefastas, por una parte, algunos procesos de mutilación no cuentan con buenas condiciones de salubridad puesto que son llevados a cabo por mujeres de la familia de la niña tomando en consideración que la mayoría de los casos se realizan en la infancia -en algún momento entre la lactancia y la adolescencia- y muy pocas veces en la edad adulta, provocando fuertes dolores, infecciones, hemorragias e incluso la muerte. Por otra parte, se presenta una destrucción de tejidos, cicatrices, dolores al momento de los partos, en las relaciones sexuales y durante el periodo (sin contar que en algunos casos se ha llegado a perder la sensibilidad de la zona), mutilando no sólo el cuerpo de la mujer, sino también su sexualidad; la posibilidad de sentir placer a través de sus genitales y disfrutar de él. Significando una serie de daños emocionales, psicológicos, sociales y físicos.

Lo anterior, lleva a comprender cómo el cuerpo se instala como un tema de debate, pues permite ver cómo el cuerpo -tanto femenino como masculino- son un punto en que las diferencias de clase social, raza, etnicidad y por razón de género se inscriben, pues como lo señala Foucault en sus planteamientos sobre el poder y la disciplina: los cuerpos de los sujetos constituyen una entidad en la que el poder se inscribe, en donde el orden y la disciplina social se maneja a través de mecanismos de vigilancia y de castigo (Donoso, 2002).

.

De este modo, el cuerpo parte desde una dimensión social donde tiene que ver con instituciones y normas, donde es visto como un objeto cargado de significados culturales útiles para mantener y reproducir un orden social específico. Significaciones que parten desde estructuras de género donde la mujer está a disposición del hombre (pues la MGF se plantea como una “limpia del cuerpo” para que pueda despertar interés en el género masculino, como una transición de niña a mujer), donde la mujer pasa a ser cosificada, lo que implica que no piense, no sienta y, por ende, no tome las decisiones sobre lo que atraviesa su propio cuerpo.

Pero la mutilación genital no sólo se presenta como una “práctica cultural”, como bien se acaba de mencionar es una forma de subordinación donde el cuerpo de la mujer es un objeto que puede ser exhibido, ocultado, o tocado en nombre de la “libertad” o de la “protección moral” (Ravelo, 2016). Es por este orden patriarcal que muchas de las mujeres que son víctimas de trata de personas -con fines sexuales- son víctimas también de mutilación luego de los actos sexuales, configurándose en una pornografía sádica que muchas veces se encuentra en el cine Snuff (cine de mutilaciones y asesinatos no actuados) manejados a través del mundo tecnológico que tenemos a nuestra disposición.

Existen reportes forenses donde se presencian mutilaciones de mama, ojos, vísceras y otros órganos, sumado a lesiones dentales y cortes en la piel y genitales llevadas a cabo a la par de violaciones y torturas sexuales, eventos producidos por traficantes de mujeres que las raptan y las someten a dichas prácticas para obtener ganancias económicas mientras refuerzan su estatus de varón en una sociedad misógina desde la dominación a través del miedo. Mercantilización del cuerpo femenino que no es nueva, pues se ha practicado desde los años cuarenta del siglo pasado, pero con la globalización se ha modernizado a través de la tecnología e informática creando consumos sexuales que abarcan la desaparición forzada y crímenes contra mujeres y niñas.

En esta medida, el cuerpo y la sexualidad de la mujer se hallan inmersos en una violencia estructural donde la impunidad, la misoginia, la moral represiva y los prejuicios sociales fortalecen un sistema económico lleno de abusos y desigualdad, donde el silenciamiento frente a los derechos sexuales reproductivos de las mujeres se consolida como la complicidad con la reproducción de un ordenamiento de género en el cual el cuerpo femenino se transforma en el cuerpo para los otros, el cuerpo para ser deseado, exhibido, gozado y violentado (Ravelo, 2016).

La MGF ha de ser abordada desde el repensar de un sistema sexo – género (el cual se apoya por el capitalismo que explota, comercializa sexualmente y objetiviza el cuerpo femenino), pues someter a la mujer a una esclavitud moderna donde además son mutiladas y sufren de muertes violentas a causa de la inequidad de género, la desigualdad y la pobreza, sólo demuestra que se está ante un sistema que pone formas de control a los cuerpos a través de un binomio de goce y miedo evidenciado desde la pornografía sádica y la misoginia.

Por ello, es necesario empoderar a las mujeres sobre sí mismas, que sean quienes sean o vivan donde vivan, las decisiones que afecten sus cuerpos las tomen ellas mismas ejerciendo libre control de su sexualidad y reproducción. Es necesario repensar los roles y estereotipos de género que nos atraviesan, pues más allá de planchar el pecho de una niña para evitar el acoso sexual, es menester enseñar a niños y hombres a no acosar y/o abusar de las mujeres. Es fundamental pensar en la violencia física, psicológica y estructural que vive la mujer -a diario- para abolirla, pues ser mujer no debe ser una condición de vulnerabilidad y/o riesgo en los territorios que habitamos. Un escenario de resistencia y lucha por su transformación.

Recuerda seguirnos en Facebook, Twitter, Intagram y Linkedin.

____________________________________________________________________________________________

REFERENCIAS: