Por: Maria Alejandra Lozano | Bogotá D.C., 11 de Abril, 2019.

Durante años, las estrategias de guerra han establecido a la mujer como un objetivo militar, utilizando su cuerpo como campo de batalla y botín de guerra. De este modo, a través de la dominación dada por una sociedad patriarcal, frente al cuerpo femenino, se perpetúan claras violaciones de derechos a las mujeres por parte de grupos armados que buscan poder y control en los territorios de interés, lastimando así al ser que (en muchos casos) es considerado el sostén emocional de la familia, el “núcleo” fundamental dador de amor y confort frente a situaciones difíciles; características que el mismo patriarcado ha recargado sobre el género femenino.

Por lo tanto, el cuerpo de las mujeres es utilizado para silenciar y generar terror en la población, debido al hecho de que la mujer se construye en múltiples comunidades como propiedad del hombre, por lo que se podría inferir que las agresiones directas a mujeres buscan dañar y afectar a los hombres involucrados con ellas y que, lógicamente, pertenecen al bando enemigo o rival. Según Adzuba (2019) cuando se destruye a una mujer es como bombardear todo un pueblo, se entiende como un mecanismo para sembrar terror, pues con la violencia sexual realizada al cuerpo de la mujer se destruyen las familias y el tejido social. De esta forma, comprendemos como la violación, secuestro e intimidación de la mujer se extiende mucho más allá de las lógicas puras de la guerra hacia un carácter de sumisión, poder, estigma y miedo en los contextos sociales a los que pertenecen estas víctimas.

En República Democrática del Congo, se evidencian altos índices de violaciones y feminicidios que contienen un alto carácter de premeditación y planeación revelando fuertes mensajes de control a través de la generación de miedo y subyugación violenta de la mujer. A partir de las disputas se buscan obtener grandes zonas territoriales a fin de hacerse con el control del coltán, el llamado “oro negro” empleado en la fabricación de herramientas tecnológicas; su proceso de extracción y el sistema operativo sobre el cual funciona esta explotación de los recursos naturales se convierte en una sentencia a la dignidad humana avalada por intereses económicos y sociales que han puesto como carne de cañón a las mujeres en los contextos de violencia.

A nivel Colombia, existen una serie de registros que muestran la utilización del cuerpo de la mujer como instrumento de control en la guerra, evidenciando la violencia y la tortura sexual hacia ellas como un escenario de uso común en el marco del conflicto armado.  Sin embargo, no es en gran medida hacia las mujeres que integran el pie de fuerza de las líneas de combate de los grupos armados (sin desconocer la violencia ejercida sobre ellas), sino contra las mujeres presentes en los territorios en disputa. Es necesario mencionar que algunas de las mujeres que ingresan a los grupos armados son reclutadas por familiares debido a falta de oportunidades, mientras otras entran porque -según ellas- lo han querido desde siempre, lo que se constituye como paradójico al ser en muchos casos la única opción de vida que conocieron en sus territorios.

Las dinámicas en la guerra varían de acuerdo al actor armado, sus objetivos y los escenarios del conflicto; según los testimonios de mujeres farianas (pertenecientes a las FARC-EP) al interior del grupo tanto hombres como mujeres tenían tareas igualitarias y compartidas, muchas de ellas reclutadas desde niñas (violando su derecho a la niñez). En sus propias palabras, existía una falta de reconocimiento del trabajo de la mujer en la guerrilla, teniendo en consideración que constituían el 40% del pie de fuerza. Del mismo modo, es necesario relatar la violencia y vulneración del cuerpo de la mujer al interior de este grupo guerrillero debido a la práctica de legrados, al abandono forzado de sus hijos a terceros (cuando nacían), torturas y asesinatos que permiten dejar en evidencia que la mujer -aún armada- sigue estando subordinada en la guerra frente a su cuerpo, donde otros toman control de su sexualidad y reproducción.

OLYMPUS DIGITAL CAMERADe igual manera, en Colombia se pueden recordar las violaciones de niñas menores de edad por parte de militares estadounidenses en Melgar y Girardot durante el Plan Colombia. Agresiones sexuales donde -en algunos casos- se incurrió en dinámicas de intimidación y extorsión haciendo uso de material grabado con contenido de las violaciones sexuales de las víctimas para constreñir o disuadir acciones de denuncia.  Lo anterior, fue categorizado incluso por gente del territorio como un acto de poder realizado por los militares; una forma de demostrar “quienes mandaban”.

Son muchos los casos registrados, de acuerdo con el informe de mujeres y guerra realizado por el Centro Nacional de Memoria Histórica en el año 2011, en Magdalena hubo “un universo de 63 registros que comprenden testimonios de hechos acontecidos, tres de ellos en el transcurso de 1986, y los otros 60, entre 1991 y 2005” (p. 209) a causa de actores armados, sumado a hechos de mujeres violadas y torturadas por paramilitares como en la masacre del Salado. Datos concluyentes para el momento en que se realizó el informe, pero que claramente van a verse multiplicados en la actualidad a través de denuncias, testimonios y seguramente en los procesos de verdad que adelanta la Jurisdicción Especial para la Paz – JEP. Las mujeres han sido tomadas en la guerra con el fin de humillar a los hombres o de silenciar su voz, mujeres que han sido torturadas para la “restauración de la masculinidad mediante su victimización” (SEGATO, 2017).

Es entonces como el cuerpo, un territorio sagrado y de propiedad única y exclusiva de las mujeres que lo habitan (su integridad física), es agredido, convirtiéndose en un delito de lesa humanidad que descompensa el crecimiento integral de la mujer al irrumpir en su intimidad. Un delito que se impone en la ley del silencio y el miedo, pues muchas mujeres dejan de denunciar las violaciones por las represarías que pueden tomar estos grupos armados frente a ellas o por la marginación que pueden llegar a vivir posterior a las denuncias. Lo último, debido a la estigmatización social perdurable en el tiempo de sus comunidades que resulta incluso creando sentimientos de culpabilidad de las víctimas hacia ellas mismas.

Es necesario resaltar la importancia de denunciar y de trabajar la sensibilización a la sociedad para el no rechazo y la no revictimización hacia las mujeres agredidas. Debemos asegurar que las víctimas puedan ser escuchadas, para una restitución digna, para no invisibilizar estos delitos, para sanar y recuperar proyectos de vida, para luchar por una reparación basada en el territorio (pues como ya se mencionó estas violaciones también producen desplazamiento forzado) y, por supuesto, para la no repetición.

En esta línea, es importante señalar que si bien el artículo se ha enfocado en las vulneraciones a la mujer en el marco de la guerra, estas se extienden a la trata de personas y al narcotráfico (no distantes del conflicto armado) donde a través del poder y de la creencia de dueñidad -que es una “forma extrema del patriarcado (…) que tiene poder sobre la vida y la muerte” (SEGATO, 2017)- se genera una comercialización del cuerpo femenino donde se configura como un elemento que no solo es tomado (violado, encarcelado y hecho “propiedad”) sino que también es agredido y explotado sexualmente o como medio de transporte de sustancias psicoactivas, haciendo con él lo que las figuras de poder, de estas mafias, desean.

Es preciso abolir el sistema capitalista patriarcal desde un feminismo interseccional, desde una justicia y equidad social que genere posibilidades de movilidad social y, con ello, alternativas de vida digna. Lo anterior, fomentando el diálogo, la inclusión de las mujeres en su diversidad y la noviolencia como postura política para alcanzar transformaciones sociales. Noviolencia como alternativa al atender a la violencia directa, cultural y estructural, pues se constituye como el arma “más subversiva que el cañón de un fusil hoy en día” (NOVIOLENCIA. S.F), un arma para hacerle frente a una guerra que quita tierras, mata seres queridos, llena de miedo, arrebata el derecho a decidir y flagela la sexualidad y la intimidad.

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REFERENCIAS

Abzuba, C. (2019).  Violencia sexual: un arma de guerra en Congo. Recuperado de: http://www.rtve.es/alacarta/videos/la-2-noticias/2-noticias-caddy/5095439/ el 28 de marzo del 2019.

Centro Nacional de Memoria Histórica. (2011). MUJERES Y GUERRA: VÍCTIMAS Y RESISTENTES EN EL CARIBE COLOMBIANO. Bogotá, Colombia.

Desconocido (Tavoradio). (2017). La lucha armada de las mujeres de las FARC- Documental completo. Recuperado de: https://www.youtube.com/watch?v=SWlXaGEBJu4 el 6 de abril del 2019.

NOVIOLENCIA.  (S,f). Recuperado de: https://www.ugr.es/~mariol/files/publicaciones/capitulos_de_libro/noviolencia/44.pdf el 6 de abril del 2019.

Segato, R. (2017). Rita Segato: Cuerpo, territorios y soberanía: violencia contra las mujeres. Recuperado de: https://www.youtube.com/watch?v=Nvss3YPEUv4 el 7 de abril del 2019.

Vega, R. (2015). ¿PIFIA HISTÓRICA, O PÍFIA PERIODÍSTICA? ABUSOS SEXUALES DE MILITARES DE ESTADOS UNIDOS E IMPUNIDAD EN COLOMBIA. Recuperado de: https://lasillavacia.com/queridodiario/la-version-de-renan-vega-sobre-los-53-casos-de-abuso-sexual-50309 el 6 de abril del 2019.